Hay quienes sirven a Dios entre bastidores, repartiendo pan, cuidando detalles, y sienten que ese trabajo vale menos que predicar ante multitudes. La historia de este Felipe desmonta esa idea. No es el apóstol de los Doce que lleva el mismo nombre, sino un diácono de la iglesia de Jerusalén al que Dios llevó de servir mesas a abrir el evangelio a otro continente.
Felipe aparece por primera vez en Hechos 6, cuando la iglesia de Jerusalén necesitaba resolver una queja práctica: las viudas griegas estaban siendo olvidadas en el reparto diario de alimento. Los apóstoles pidieron a la comunidad que eligiera a siete hombres de buena reputación para esa tarea, y Felipe fue uno de ellos, junto a Esteban.
Cuando Esteban fue apedreado y una ola de persecución dispersó a los cristianos fuera de Jerusalén, Felipe no se escondió: bajó a Samaria, región históricamente hostil a los judíos, y allí anunció a Cristo. Señales acompañaron la predicación, espíritus salían, paralíticos y cojos eran sanados, y la ciudad vivió una gran alegría.
Después de ese avivamiento, un ángel desvió a Felipe hacia el desierto, hacia el camino solitario entre Jerusalén y Gaza. Allí encontró a un eunuco etíope, alto funcionario de la corte de la reina Candace, leyendo al profeta Isaías sin entender lo que leía. Felipe subió al carro, le explicó que la profecía hablaba de Jesús, y horas después bautizaba a aquel extranjero en las aguas junto al camino.
En cuanto salieron del agua, el Espíritu arrebató a Felipe repentinamente, y el etíope siguió solo, lleno de alegría, de regreso a su tierra. Felipe reapareció en Azoto y fue predicando de ciudad en ciudad hasta establecerse en Cesarea, donde, décadas después, el apóstol Pablo se hospedó en su casa y conoció a sus cuatro hijas, que profetizaban.
La vida de Felipe muestra que Dios usa a quien está disponible tanto para el trabajo común como para la tarea inesperada. Nadie imagina, al aceptar servir mesas, que un día será enviado al desierto para alcanzar a alguien del otro lado del mundo. La obediencia en las cosas pequeñas es lo que prepara para las grandes.