Antes de ser conocido como Pedro, se llamaba Simón, o Simón Pedro, como aparece en buena parte de los evangelios, un pescador común a orillas del mar de Galilea. Quien alguna vez tuvo certeza absoluta de sí mismo, y después vio esa certeza derrumbarse en un único momento de presión, encuentra en su historia un espejo incómodo y, al mismo tiempo, esperanzador.
Jesús lo llamó junto con su hermano Andrés, todavía con las redes en las manos, y le dio un nuevo nombre: Cefas, palabra aramea que significa piedra, traducida al griego como Pedro (Juan 1:42; Mateo 4:18-19). Fue uno de los tres más cercanos a Jesús, testigo de la transfiguración y siempre el primero en hablar, muchas veces antes de pensar.
Fue él quien confesó, en Cesarea de Filipo, que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16). Pero en la misma conversación reprendió a Jesús por hablar de la cruz, y recibió a cambio una de las reprimendas más duras de los evangelios (Mateo 16:22-23).
Su fe también vaciló de otras maneras. Caminó sobre las aguas por un instante y se hundió al fijarse en el viento (Mateo 14:28-31). Y en la noche en que Jesús más lo necesitaba, negó conocerlo tres veces delante de una sirvienta, exactamente como había sido advertido (Lucas 22:54-62).
Después de la resurrección, Jesús no lo descartó. A orillas del mismo mar de Galilea, le preguntó tres veces si Pedro lo amaba, una por cada negación, y lo restauró al ministerio: “Cuida de mis ovejas” (Juan 21:17).
Ese Pedro restaurado predicó en Pentecostés y vio a tres mil personas convertirse en un solo día (Hechos 2). Años después, recibió una visión que lo llevó a predicar por primera vez a un gentil, abriendo la puerta del evangelio más allá de Israel (Hechos 10).
Aun así, siguió siendo humano hasta el final: Pablo tuvo que confrontarlo públicamente por hipocresía en Antioquía (Gálatas 2:11-14). La vida de Pedro no es la historia de un héroe sin fallas, es la historia de un hombre que cayó varias veces y fue levantado otras tantas.
Por eso su trayectoria sigue hablando hoy. Dios no elige personas ya hechas, llama a gente como Pedro y la va moldeando en el camino, incluso después de la caída más vergonzosa.