Al principio, Sion era el nombre de la fortaleza jebusea erguida en una colina estrecha al sur del futuro monte del templo, en Jerusalén, cerca de la fuente de Guijón, entonces la única agua corriente de la región. David conquistó esa fortaleza y la convirtió en su capital, llamándola Ciudad de David.
Allí David trajo el arca del pacto, señal de la presencia de Dios en medio del pueblo. Años después, Salomón llevó el arca de Sion al templo recién construido, y el nombre pasó a abarcar también el monte del templo y, con el tiempo, Jerusalén entera.
En los Salmos, Sion se convierte en imagen de la morada elegida por Dios, lugar de seguridad y alabanza. Los profetas anuncian a Sion promesas de juicio y también de restauración y consuelo.
En el Nuevo Testamento, el monte Sion gana un sentido aún más amplio. Hebreos lo describe como la Jerusalén celestial, y Apocalipsis muestra al Cordero reunido con los redimidos sobre el monte Sion, señal de la victoria final de Dios.
