El segundo libro de Samuel continúa la historia del primero. Recorre los cuarenta años en que David reinó sobre Israel, desde los primeros días en Hebrón hasta los últimos años en Jerusalén.
El libro comienza con lamento, no con fiesta. David llora la muerte de Saúl y Jonatán, y se niega a alegrarse por la caída de quien lo perseguía.
Poco a poco, David se convierte en rey de todo Israel. Conquista Jerusalén, arrebatándosela a los jebuseos, y la transforma en la capital del reino, llevando allí el arca del pacto en medio de fiesta y adoración.
En el punto más alto de ese éxito, Dios le hace a David una promesa sorprendente: su descendencia reinaría para siempre. Esa alianza se convertiría en la base de la esperanza de un Rey eterno, cumplida siglos después en Jesús, el Hijo de David.
Pero el libro no esconde las fallas del rey. En el capítulo once, David comete adulterio con Betsabé y manda matar a Urías, esposo de ella, para encubrir su propio pecado.
El profeta Natán confronta a David con una parábola sencilla, y el rey se arrepiente de corazón delante de Dios. Aun así, las consecuencias alcanzan a su familia durante muchos años.
Un hijo viola a su hermana, otro se rebela contra su propio padre, y David enfrenta guerra y luto dentro de su propia casa. El libro muestra, sin disfraz, el precio de decisiones equivocadas incluso en la vida de un rey escogido por Dios.
A pesar de eso, Dios permanece fiel a la alianza que hizo. El libro termina con David comprando, a precio justo, el terreno donde más tarde sería erigido el templo, negándose a ofrecerle a Dios algo que no le costara nada.
Leer 2 Samuel es acompañar de cerca a un rey real, con victorias y caídas registradas sin maquillaje. Es también descubrir que la fidelidad de Dios no depende de la perfección humana, y una invitación a conocer al Rey mayor que David apenas anunciaba.