Después de contar el largo reinado de David, la Biblia abre el libro de 1 Reyes con la subida de Salomón al trono de Israel. Comienza un nuevo tiempo, lleno de promesas y de riesgos.
Al principio, Dios se le aparece a Salomón en un sueño y le pregunta qué desea recibir. Salomón pide un corazón sabio, capaz de discernir lo correcto de lo incorrecto, y no riquezas ni larga vida.
Dios se agrada del pedido y le concede a Salomón una sabiduría que se hace famosa en todas las naciones vecinas. Es esa sabiduría la que organiza el reino y planea la mayor obra del libro: el templo de Jerusalén.
En la dedicación del templo, Salomón hace una oración conmovedora y reconoce algo esencial. Ni el templo, ni los cielos mismos, pueden contener a Dios.
Pero la historia de Salomón no termina bien. Con el paso de los años, sus muchas esposas extranjeras desvían su corazón hacia otros dioses, y el Señor anuncia que el reino será dividido.
Después de la muerte de Salomón, el reino en efecto se divide en dos. Israel, al norte, y Judá, al sur, siguen caminos separados bajo una larga sucesión de reyes, casi todos infieles al Dios de la alianza.
Es en ese escenario de idolatría que Dios levanta al profeta Elías. Él enfrenta al rey Acab y a la reina Jezabel, desafía a los profetas de Baal en el monte Carmelo y ve el fuego del Señor descender de los cielos ante todo el pueblo.
Incluso después de esa gran victoria, Elías atraviesa un momento de profundo desánimo y desea morir. En el monte Horeb, descubre que Dios no habla solo en el viento fuerte o en el terremoto, sino también en un suave murmullo.
1 Reyes muestra que la verdadera grandeza de un reino no está en el poder ni en la riqueza, sino en la fidelidad a Dios. Lee este libro y descubre cómo el Señor sigue llamando a su pueblo de vuelta, incluso en los momentos más silenciosos.