Hay profesiones que hacen que los vecinos crucen la calle cuando alguien pasa. Leví conocía bien esa sensación: sentado en la mesa de cobro de impuestos junto al lago de Galilea, recaudando tributos para el gobierno romano, sus propios compatriotas lo veían como un traidor al servicio del invasor extranjero.
Fue justo allí, en pleno turno de trabajo, que Jesús pasó y le dijo apenas dos palabras: «Sígueme» (Marcos 2:14). Leví se levantó de la mesa de trabajo, lo dejó todo y lo siguió, sin negociar, sin pedir tiempo, sin mirar atrás.
El primer gesto de Leví como discípulo revela quién era: organizó un gran banquete en su propia casa e invitó a sus antiguos colegas, otros publicanos y «pecadores», para que conocieran a Jesús (Lucas 5:29). No ocultó de dónde venía, sino que usó justamente ese pasado para presentar amigos al Maestro.
La fiesta incomodó a los fariseos, que preguntaron por qué Jesús comía con gente de esa clase. Su respuesta definió toda la misión: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Marcos 2:17).
Leví pasó a llamarse Mateo, y su nombre aparece entre los doce apóstoles escogidos por Jesús, identificado allí mismo como «el publicano» (Mateo 10:3), como si el propio texto quisiera dejar constancia de dónde venía. Después de esto, los evangelios casi no vuelven a mencionarlo por nombre.
La tradición de la iglesia, desde los primeros siglos, lo reconoce como autor del Evangelio que lleva el nombre de Mateo, el relato que más conecta la vida de Jesús con las profecías del Antiguo Testamento. Mateo parece haber preferido escribir sobre Jesús antes que sobre sí mismo.
La historia de Leví recuerda que Dios no exige un currículo limpio para llamar a alguien: llama en pleno turno de trabajo, en la profesión equivocada, en el lugar equivocado, y transforma al cobrador despreciado en testigo y escritor de la buena noticia. Quien hoy se siente fuera, por lo que hace o por lo que ya hizo, encuentra en Leví una invitación directa: la mesa de Jesús tiene un lugar reservado justamente para quien menos se siente digno de sentarse en ella.