Mateo abre el Nuevo Testamento presentando a Jesús como el Rey que Israel esperaba desde hacía siglos. La genealogía inicial vincula a Jesús con Abraham y con David, mostrando que él es el heredero legítimo de las promesas de Dios.
Antiguo cobrador de impuestos, Mateo escribe principalmente para lectores judíos. Cita el Antiguo Testamento más que cualquier otro evangelio, demostrando con las propias Escrituras que Jesús es el Mesías prometido.
Ya al comienzo, una profecía antigua llama a ese niño Emanuel, que significa Dios con nosotros. Ese nombre marca el tono de todo el libro: un Dios que se acerca y permanece con su pueblo.
El evangelio organiza las enseñanzas de Jesús en cinco grandes discursos, entre ellos el Sermón del Monte. Cada bloque de enseñanza va seguido de acción, revelando a un Rey que habla con autoridad y confirma la palabra con poder.
Jesús cura enfermos, calma tempestades y expulsa demonios. Al mismo tiempo, enfrenta una oposición creciente de los líderes religiosos, que no reconocen en él el cumplimiento de las propias Escrituras que guardan.
Aunque rechazado por muchos, Jesús sigue anunciando que el Reino de los Cielos ha llegado. Sus parábolas explican qué es ese Reino y cómo crece en medio del mundo.
En los capítulos finales, Jesús entra en Jerusalén, es traicionado, juzgado injustamente y crucificado. Mateo muestra que nada de esto sorprendió a Dios: todo cumplió lo que habían dicho los profetas siglos antes.
La resurrección confirma que el Rey rechazado por los hombres fue exaltado por Dios. El libro termina con la Gran Comisión, la invitación a llevar esta buena noticia a todas las naciones, con la promesa de que Emanuel, Dios con nosotros, estará con los suyos hasta el fin de los tiempos.
Leer Mateo es conocer de cerca al Rey que vino a servir antes de reinar. Que la lectura te revele también a ti la autoridad y el cuidado de ese Rey.