¿Quién nunca tuvo que decidir solo, lejos de casa, entre encajar en el ambiente o ser fiel a lo que aprendió a creer? Trabajo, escuela, una ciudad nueva: la presión para mezclarse es real, y ceder parece más fácil que resistir.
Abednego nació con el nombre de Azarías, en Judá. Siendo aún joven, fue llevado exiliado a Babilonia, junto con sus amigos Daniel, Ananías y Misael, después de que el rey Nabucodonosor invadiera Jerusalén. En la corte babilónica, recibió un nuevo nombre, en honor al dios Nego, y pasó a ser educado para servir al imperio que había subyugado a su pueblo.
Aun rodeado de honores y buena comida, él y sus amigos se negaron a contaminarse con la mesa del rey. Aprobados ante Nabucodonosor, fueron considerados diez veces más sabios que todos los magos de Babilonia. Más tarde, a pedido de Daniel, el propio Abednego pasó a administrar la provincia de Babilonia.
La mayor prueba llegó cuando el rey levantó una estatua de oro y ordenó que todos se postraran ante ella. Abednego, Sadrac y Mesac se negaron. Llevados ante el furioso Nabucodonosor, dijeron algo que todavía resuena: Dios podía librarlos del horno, pero, aunque no lo hiciera, ellos no adorarían a otro dios.
Fueron arrojados al fuego. Nabucodonosor, mirando hacia el interior del horno, vio a cuatro hombres caminando allí, ilesos, y uno de ellos tenía la apariencia de un hijo de los dioses. Los tres salieron sin un solo cabello chamuscado, sin olor a humo en la ropa.
La fe de Abednego no dependía de un resultado garantizado. Obedeció a Dios antes de saber si sería rescatado, y eso es lo que hace su historia tan actual. La pregunta no es si el fuego va a venir, sino si, en medio de él, seguiremos siendo fieles.