Pocos misioneros del siglo 19 recorrieron tanto camino como François Coillard. Casi cinco décadas de vida se le fueron en cruzar desiertos, ríos y fronteras políticas en el África austral, muchas veces sin saber si llegaría vivo a la próxima aldea.
Nacido en 1834 en Asnières-lès-Bourges, Francia, creció en una familia protestante marcada por la muerte temprana del padre. Siendo aún joven, se ofreció a la Misión Evangélica de París y fue ordenado en 1857, partiendo poco después hacia Basutolandia, hoy Lesoto.
En la estación de Leribe vivió casi veinte años enfrentando la resistencia a la conversión, a la poligamia y a la brujería, además de la hostilidad del jefe Molapo, hijo del rey Moshoeshoe I, que había llegado a bautizarse y luego abandonó la fe, un episodio que resumió bien los límites de su trabajo allí.
Casado desde 1861 con la escocesa Christina Mackintosh, formó con ella una colaboración de décadas. Juntos escribieron himnos y textos escolares en sesoto, entre ellos versos que más tarde compondrían el himno nacional de Lesoto.
En 1877 intentó abrir una misión entre los shonas, pero fue hecho prisionero durante tres meses y luego expulsado por el rey ndebele Lobengula. Solo en 1884 retomó la expedición, cruzando el desierto de Kalahari hasta alcanzar Barotselandia, en el alto Zambeze, donde el rey Lewanika lo recibió en 1886.
Allí fundó las misiones de Sefula, Lealui y Sesheke y publicó el relato Sur le Haut-Zambèze. En 1890 ayudó a negociar el tratado que puso al reino lozi bajo la compañía británica de Cecil Rhodes, decisión bien intencionada que, en la práctica, facilitó el avance colonial sobre la región.
Viudo desde 1891, siguió en el trabajo hasta enfermar gravemente y ver, en 1903, cómo parte de sus convertidos se alejaban, descontentos con el trato dado por los misioneros europeos a los africanos. Murió de fiebre en 1904, en Lealui, sepultado junto a su esposa, en Sefula.
La trayectoria de Coillard muestra que la obra misionera lleva consigo, junto a la entrega genuina, zonas grises y decisiones equivocadas. Su legado está menos en una imagen perfecta y más en la perseverancia para atravesar territorios hostiles y en la advertencia sobre los riesgos de mezclar evangelio y poder político.