En el Egipto del siglo IV, un joven funcionario de la iglesia de Alejandría acompañaba, junto a obispos de mayor edad, el debate que definiría el cristianismo: ¿es Jesús plenamente Dios, o una criatura, por elevada que fuera? Atanasio dedicó toda su vida a responder esa pregunta.
Nació alrededor de 296, en Alejandría, ciudad griega y egipcia a la vez, centro de estudios bíblicos y filosóficos. Siendo aún joven, se convirtió en diácono y secretario del obispo Alejandro, sirviendo como asistente personal en los debates teológicos de la época.
En 325, acompañó a Alejandro al Concilio de Nicea, convocado por el emperador Constantino para resolver la controversia arriana, que negaba la eternidad del Hijo de Dios. Como diácono y secretario, no tenía voto, y los historiadores hoy consideran que su papel formal en el concilio fue limitado; aun así, salió de Nicea decidido a defender aquel credo por el resto de su vida.
En 328, tres años después, fue elegido obispo de Alejandría, sucediendo a Alejandro. A partir de entonces, se convirtió en el principal defensor de la fe nicena, escribiendo tratados que sostenían la divinidad plena de Cristo frente a los seguidores de Arrio.
Su firmeza le costó caro: fue depuesto y exiliado cinco veces, por orden de cuatro emperadores diferentes, sumando más de diecisiete años fuera de Alejandría. Pasó por Tréveris, Roma y el desierto egipcio, donde convivió con monjes. Quedó conocido por la expresión, acuñada por otros, “Atanasio contra el mundo”.
En sínodos hostiles, adversarios arrianos y melecianos lo acusaron de violencia contra rivales en Egipto, incluido el caso del obispo meleciano Arsenio, dado por muerto y mutilado por orden suya; Arsenio reapareció con vida, y la acusación cayó. Aun así, los historiadores reconocen que su gobierno en Alejandría estuvo marcado por enfrentamientos ásperos y poco conciliadores con opositores, melecianos y arrianos, incluyendo denuncias de presión y fuerza contra clérigos rivales.
En sus últimos años, buscó reconciliar las facciones nicenas mediante el Tomo a los Antioquenos, de 362, y, en 367, enumeró por primera vez los 27 libros del Nuevo Testamento tal como los conocemos hoy, en su 39.ª Carta Festal. Murió en Alejandría el 2 de mayo de 373.
La convicción que defendió, de que el Hijo es de la misma sustancia que el Padre, sostiene hasta hoy la predicación del evangelio en todas las lenguas: sin un Cristo plenamente Dios, la salvación anunciada por las misiones perdería su fundamento.