¿Quién nunca se sintió demasiado pequeño para el tamaño del problema que la vida puso delante? Gedeón trillaba trigo escondido dentro de un lagar, tratando de sobrevivir a los saqueos de los madianitas, cuando un ángel del SEÑOR apareció y lo llamó guerrero valiente. Su reacción fue de puro descrédito.
Él cuestionó: si el SEÑOR estaba con Israel, ¿por qué tanto sufrimiento? Y cuando escuchó que sería él el libertador, pidió señal tras señal: fuego que consumía la ofrenda sobre la roca, rocío en el vellón de lana una noche, tierra seca en el vellón la otra. Dios, con paciencia, respondió a cada pedido.
De noche, con miedo de su propio padre y de los vecinos, Gedeón derribó el altar de Baal de la familia. Por eso ganó el sobrenombre de Yerubaal, que Baal se defienda. La fe nacía tímidamente, entre dudas y cautela, no en un salto de valentía instantánea.
Cuando reunió un ejército de 32.000 hombres, Dios mandó reducirlo. Primero a 10.000, luego, mediante una prueba a la orilla del agua, a solo 300. Menos gente, más dependencia. De noche, rodearon el inmenso campamento madianita con trompetas y cántaros rotos, gritando: Por el SEÑOR y por Gedeón. El pánico hizo que el enemigo se destruyera a sí mismo.
Sin embargo, la victoria no cerró bien la historia. Gedeón se negó a ser rey, diciendo que solo el SEÑOR debía reinar sobre Israel, pero después hizo un efod de oro con el botín de guerra. El objeto sagrado se convirtió en trampa de idolatría para toda su casa.
La vida de Gedeón no es la de una figura sin miedo, es la de alguien a quien Dios fue moldeando escalón a escalón: del miedo a la obediencia, de la obediencia a la victoria, y de la victoria de vuelta a una vieja debilidad. Dios no espera valentía plena para llamar; la valentía crece en el camino de la obediencia.
Quien se siente demasiado pequeño para la tarea que Dios puso delante de sí encuentra en Gedeón un espejo honesto: el llamado no elimina el miedo, pero camina junto a él. Y el final de la historia recuerda que ninguna victoria espiritual inmuniza contra una nueva caída; se necesita vigilancia hasta el final.