Casi todos hemos tenido alguna vez una pregunta sobre Dios demasiado grande para hacerla en voz alta, por miedo a lo que otros pensaran. Nicodemo, un respetado maestro religioso, vivió ese dilema dentro de sí mismo.
Era fariseo, grupo dedicado a cumplir rigurosamente la ley judía, y miembro del Sanedrín, el consejo supremo que decidía los asuntos religiosos en Jerusalén. El evangelio de Juan lo llama maestro de Israel, alguien que enseñaba a otros acerca de Dios.
Aun con toda esa autoridad, Nicodemo buscó a Jesús de noche, probablemente para no ser visto por sus colegas. Reconoció en él a un maestro enviado por Dios, pero Jesús fue directo al punto: nadie entra en el reino de Dios sin nacer de nuevo.
Nicodemo no entendió. Preguntó cómo podía un hombre adulto volver al vientre de su madre. Jesús explicó que el nuevo nacimiento viene del Espíritu, no del esfuerzo humano, y terminó con una de las frases más repetidas de la historia: Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo.
La conversación termina sin decir si Nicodemo creyó en ese mismo momento. Pero reaparece meses después, en medio del Sanedrín, defendiendo que la ley exigía escuchar a un hombre antes de condenarlo, refiriéndose a Jesús. Un gesto de valentía, todavía tímido.
El tercer encuentro es el más elocuente. Después de la crucifixión, Nicodemo aparece junto a José de Arimatea, trayendo una cantidad generosa de mirra y áloe para preparar el cuerpo de Jesús. Quien había venido escondido de noche ahora actuaba a la luz del día, delante de todos.
La fe de Nicodemo no nació en un solo momento, creció por etapas, desde la pregunta nocturna hasta el gesto público. Esto dice algo sobre cómo trata Dios a quien lo busca: con paciencia para las dudas y espacio para que el valor madure poco a poco.
Quien hoy esconde sus preguntas sobre Dios, o duda en declarar abiertamente lo que ya cree, encuentra en Nicodemo un espejo, y también una promesa. El camino de la noche a la luz suele ser más largo de lo que parece, pero no deja de llegar.