Imagina visitar una prisión abarrotada de mujeres y niños, sin ropa limpia, sin instrucción, sin ninguna esperanza de un nuevo comienzo. Eso fue lo que Elizabeth Fry encontró en enero de 1813, al entrar por primera vez en Newgate, la temida prisión de Londres. Lo que vio allí cambiaría el resto de su vida.
Nacida en Norwich, Inglaterra, en 1780, Elizabeth Gurney creció en una familia cuáquera próspera, pero poco rigurosa en la fe. A los diecisiete años, un sermón del predicador estadounidense William Savery despertó en ella una profunda conciencia espiritual. En 1811 sería reconocida como ministra por la Sociedad Religiosa de los Amigos, los cuáqueros.
Casada desde 1800 con el comerciante Joseph Fry, tuvo once hijos y enfrentó una tensión común a tantas mujeres de fe: conciliar el llamado interior con los deberes domésticos. La crítica de que descuidaba el hogar la acompañó durante años, incluso cuando su trabajo ya transformaba vidas fuera de casa.
Llevada a Newgate por el cuáquero Stephen Grellet en 1813, encontró a cientos de mujeres hacinadas, muchas con hijos pequeños, sin separación entre las condenadas y las que aún esperaban juicio. Solo en diciembre de 1816 logró volver con regularidad, ofreciendo a las presas lectura, costura y trabajo remunerado, y no solo castigo.
En 1818 se convirtió en una de las primeras mujeres en testificar ante un comité del Parlamento británico. Sus ideas ayudaron a dar forma a la Ley de Prisiones de 1823, que pasó a exigir celdas separadas por sexo y guardias mujeres para las reclusas, principio que todavía hoy está presente en las legislaciones penitenciarias.
No todo fue una victoria sin costo. Cuando el banco de su esposo quebró en 1828, rumores injustos vincularon el dinero recaudado por Elizabeth con las deudas de la familia, manchando por un tiempo su reputación y la de las obras que ella lideraba. Cuáqueros más rígidos también reprobaban su gusto por la ropa fina y su exposición pública, conflicto que ella misma registró en sus diarios. Biógrafas que tuvieron acceso a esos diarios sin los cortes hechos después por sus hijas relatan además una vida marcada por la ansiedad y la duda, y por años de dependencia del vino y el láudano, que ella veía como remedio, un contraste que ella misma nunca resolvió con el discurso de sobriedad que predicaba a los pobres.
Aun así, su obra siguió creciendo: visitó prisiones por toda Europa y, en 1840, abrió en Londres una escuela de enfermería cuyas alumnas, décadas después, servirían junto a Florence Nightingale en la Guerra de Crimea. Se correspondió con reinas y emperadores, repitiendo siempre que castigar no bastaba, era necesario restaurar.
Hoy su ejemplo recuerda que el evangelio alcanza también a quienes la sociedad prefiere encerrar y olvidar. Cada capellanía en una prisión, cada proyecto de alfabetización o de trabajo dentro de los muros de una cárcel lleva algo de lo que Elizabeth Fry comenzó hace más de dos siglos.