Persia fue el mayor imperio del mundo antiguo, erigido por Ciro el Grande, quien conquistó Babilonia en el año 539 antes de Cristo.
Bajo los persas, el territorio iba desde la India hasta Cus, y el rey gobernaba más de cien provincias desde capitales como Susa y Persépolis.
En la Biblia, el ascenso de Persia está directamente ligado al fin del exilio de Judá. Dios movió el corazón de Ciro para decretar el regreso de los judíos y la reconstrucción del templo en Jerusalén, cumpliendo la profecía de Jeremías.
Fue en la ciudadela de Susa, capital de invierno de los reyes persas, donde se desarrollaron algunas de las escenas más marcantes de la historia bíblica después del exilio.
Allí Ester se convirtió en reina y, junto con su tío Mardoqueo, libró al pueblo judío de un decreto de exterminio. Allí también Nehemías, copero del rey Artajerjes, recibió autorización para reconstruir los muros de Jerusalén.
El profeta Daniel también estuvo en Susa, donde recibió una visión sobre el fin del propio imperio persa, mostrando que incluso Persia estaba bajo el control soberano de Dios.
La historia de Persia en la Biblia recuerda que Dios gobierna hasta los imperios más poderosos, y usa reyes que ni lo conocen para cumplir sus promesas y proteger a su pueblo.
