Daniel era todavía un adolescente cuando el rey Nabucodonosor invadió Jerusalén y lo llevó cautivo a Babilonia, junto con otros jóvenes de la nobleza judía. De la noche a la mañana, perdió su tierra natal, el templo y la vida que conocía.
Aun rodeado por una cultura extraña y por una corte pagana, Daniel decidió no contaminarse con la comida ni las costumbres del rey. Esa fidelidad discreta, ejercida desde el principio, marcó toda su vida.
El libro que lleva su nombre se divide en dos partes bien distintas. En los primeros seis capítulos, Daniel y sus amigos enfrentan pruebas y amenazas en la corte de reyes poderosos. En los capítulos finales, Dios revela a Daniel visiones sobre el futuro de las naciones y del propio pueblo de Israel.
Los reyes se suceden, los imperios nacen y caen, pero una verdad atraviesa cada página del libro. Dios reina por encima de todos ellos, y es él quien derriba a gobernantes soberbios y levanta a otros, siempre conforme a su propio propósito.
El horno de fuego y el foso de los leones muestran que obedecer a Dios puede costar caro frente a reyes poderosos. También muestran que él es plenamente capaz de librar, y que vale la pena confiar en él aun cuando la liberación demora en llegar.
Las visiones nocturnas de Daniel traen fieras extrañas, cuernos y reinos simbólicos, difíciles de descifrar a primera lectura. Todos ellos apuntan, sin embargo, a una misma certeza: un reino que ningún imperio humano jamás podrá destruir, el reino eterno de Dios.
Escrito en parte en hebreo y en parte en arameo, el libro habla directamente a quien vive como extranjero en tierra extraña. Habla a quien intenta permanecer fiel a Dios en un mundo que no comparte la misma fe.
Este libro invita al lector a mirar más allá de los titulares y las crisis del momento presente. Detrás de reyes, guerras e imperios, hay un Dios que gobierna toda la historia y cuida de cerca a quien confía en él.
Lea Daniel y descubra que ningún trono humano, por imponente que parezca, es rival para el trono eterno de Dios.