Resulta extraño pensar que la respuesta de Dios al corazón afligido de un exiliado pudiera venir de un trono pagano, al otro lado de un imperio. Muchas veces la ayuda que necesitamos no nace dentro de nuestra propia fe, sino de alguien que ni siquiera imaginábamos que Dios estuviera usando.
Artajerjes fue rey de Persia entre aproximadamente 465 y 424 a. C., hijo de Jerjes I, el mismo rey que se casó con Ester. Gobernaba un imperio que se extendía desde la India hasta Etiopía, y para él los judíos de Jerusalén eran solo un asunto administrativo entre tantos otros.
Al comienzo de su reinado, al ser advertido por adversarios de los judíos de que la reconstrucción de los muros de Jerusalén podría dar lugar a una ciudad rebelde, Artajerjes ordenó que las obras se detuvieran (Esdras 4:17-23). Fue una decisión política, tomada a toda prisa, que retrasó por años la obra de Dios.
Años después, sin embargo, el mismo rey autorizó a Esdras a volver a Jerusalén con plena autoridad, plata, oro y utensilios para el templo (Esdras 7:11-26). Y cuando Nehemías, su copero de confianza, se presentó ante él con el rostro abatido por la noticia de los muros derribados, Artajerjes no solo lo escuchó: le dio cartas de protección, madera del bosque real y una escolta para el viaje (Nehemías 2:1-9).
Nehemías reconoce, al contar esta historia, que la mano bondadosa de Dios estaba sobre él (Nehemías 2:8). El texto no atribuye el cambio de postura del rey a una conversión de fe: Artajerjes siguió siendo, hasta el final, un rey pagano movido por el cálculo político. Y, aun así, Dios lo usó.
Años más tarde, Nehemías volvió a la presencia del rey y después recibió, por segunda vez, permiso para regresar a Jerusalén (Nehemías 13:6-7). El favor no fue un episodio aislado, sino algo sostenido por años, entre dos momentos de decisiones opuestas del mismo trono.
La vida de Artajerjes recuerda que Dios no necesita reyes convertidos para cumplir sus planes: necesita solo corazones que él pueda inclinar, aunque no se den cuenta. Al orar hoy por quienes están en el poder, vale la pena recordar que el mismo Dios que movió el corazón de un rey persa todavía puede mover el de cualquier autoridad ahora.