Nehemías era copero del rey persa Artajerjes, un cargo de confianza en la corte de Susa. Cuando supo que las murallas de Jerusalén seguían derribadas casi cien años después del fin del exilio, lloró, ayunó y oró durante días.
Aquella noticia no lo dejó quieto por mucho tiempo. Nehemías pidió al rey permiso para volver a la ciudad de sus padres y reconstruir lo que estaba en ruinas.
El libro que lleva su nombre es el relato, en buena parte en primera persona, de cómo ocurrió esa reconstrucción. Muestra a un hombre común movido por la fe, dispuesto a arriesgar su posición por amor al pueblo de Dios.
La obra no fue fácil. Vecinos hostiles como Sambalat, Tobías y Guesén se burlaron, amenazaron e intentaron sabotear el trabajo de varias formas.
Aun así, la muralla quedó terminada en cincuenta y dos días. El texto atribuye esta hazaña a la mano buena de Dios, no solo a la determinación humana de los constructores.
Pero Nehemías no se detuvo en los ladrillos y las piedras. Después de la muralla, vino la reforma del corazón: el sacerdote Esdras leyó la Ley en la plaza pública y el pueblo lloró al comprender lo que había escuchado.
Ese llanto pronto se transformó en fiesta. Nehemías y los líderes recordaron al pueblo que el gozo del Señor era su fortaleza, no la tristeza por un pasado que ya no podía cambiarse.
El libro termina con Nehemías enfrentando nuevos desvíos del pueblo, prueba de que reconstruir muros de piedra es más fácil que mantener el corazón fiel por mucho tiempo.
Nehemías invita a todo lector a orar antes de actuar, a liderar con valentía en medio de la oposición y a recordar que toda obra hecha para Dios vale el esfuerzo. Vale la pena conocer de cerca esta historia.