¿Alguna vez llegaste a casa hirviendo de rabia después de ser humillado, y te desahogaste con quien más confías, esperando un consejo que calmara la tormenta? A veces la voz más cercana no calma. Alimenta el fuego, y el consejo de casa puede sellar un destino.
Zeres era esposa de Amán, el hombre más poderoso de Persia después del rey Jerjes. Un día, Amán volvió a casa hirviendo de ira: el judío Mardoqueo, sentado a la puerta del palacio, se negaba a inclinarse ante él (Ester 5:9-10).
Ante Zeres y sus amigos, Amán se jactó de su riqueza, de sus hijos y del honor de ser el único invitado, además del rey, al banquete de la reina Ester. Pero confesó: nada de eso valía mientras Mardoqueo siguiera sentado allí (Ester 5:11-13).
Fue Zeres quien ofreció la solución. “Levanta una estaca de cincuenta codos de altura y, por la mañana, pídele al rey que cuelguen en ella a Mardoqueo. Así podrás ir contento al banquete con el rey” (Ester 5:14). La sugerencia le agradó a Amán, y este mandó construir la estaca.
Pero aquella misma noche el rey no pudo dormir. Mandó leer las crónicas del reino, descubrió que Mardoqueo nunca había sido recompensado por salvarle la vida, y ordenó que el propio Amán lo honrara públicamente (Ester 6:1-11). Amán volvió a casa con la cabeza cubierta, destrozado.
Le contó todo a Zeres y a los consejeros. Esta vez la voz de ella cambió de tono: “Ya que Mardoqueo, ante quien has comenzado a caer, es de origen judío, no podrás vencerlo” (Ester 6:13). Zeres, sin saberlo, profetizó la propia ruina de su esposo.
Antes de que la frase se enfriara, los oficiales del rey llegaron y llevaron a Amán al banquete donde sería expuesto y condenado. Fue colgado en la misma estaca que había mandado construir para Mardoqueo (Ester 7:9-10). El consejo de Zeres, dado por miedo, se cumplió al pie de la letra.
Zeres nunca conoció al Dios de Israel, pero presintió lo que la historia bíblica confirma siempre: quien se levanta contra el pueblo escogido de Dios no permanece en pie. Su voz de casa no le trajo descanso a Amán, le trajo el veredicto. Vale la pena preguntarse de quién escuchamos el consejo que moldea nuestra próxima decisión.