William Carey trabajó inicialmente como zapatero en la zona rural de Inglaterra, pero su mente brillante lo llevó a aprender por sí solo varias lenguas extranjeras mientras reparaba calzado. Al estudiar la Biblia y los informes de viajes de su época, se dio cuenta de que el mandato de predicar el evangelio a todas las naciones seguía vigente para los cristianos, desafiando la idea común de que la Gran Comisión era exclusiva de los apóstoles.
En 1792, publicó un libro influyente que defendía el envío de misioneros a otras naciones y ayudó a fundar la Sociedad Misionera Bautista. Al año siguiente, partió con su familia hacia la India, donde enfrentó enormes dificultades financieras, aislamiento, la pérdida de un hijo y graves problemas de salud mental de su esposa Dorothy, además de la fuerte oposición de las autoridades coloniales británicas.
Establecido en la colonia danesa de Serampore, Carey dedicó cuarenta y un años de su vida a la India sin regresar a Europa. Tradujo la Biblia entera o en partes a decenas de lenguas asiáticas, fundó escuelas para niños pobres y luchó activamente contra prácticas sociales crueles, como el sacrificio de viudas en las hogueras.
La trayectoria de Carey muestra que Dios usa a personas comunes que deciden obedecer con perseverancia. No tuvo una vida perfecta y enfrentó conflictos severos con otros misioneros en su vejez, pero su legado inspira a generaciones a creer que la fe cristiana auténtica se preocupa tanto por el alma como por las necesidades prácticas del prójimo.