Pocas cosas duelen tanto como ser castigado por hacer el bien. Esteban vivió ese dolor en el grado más extremo: fue apedreado hasta la muerte por anunciar la verdad con una paz que sus propios acusadores no lograban explicar.
Aparece en la Biblia como uno de los siete hombres elegidos por la iglesia de Jerusalén para encargarse de la distribución diaria de alimentos a las viudas, un servicio práctico que exigía sabiduría y carácter (Hechos 6:1-5). Esteban era descrito como lleno de fe y del Espíritu Santo, lleno de la gracia y el poder de Dios, y realizaba señales y prodigios entre el pueblo (Hechos 6:5,8).
Ese mismo poder despertó oposición. Líderes religiosos discutieron con él y, al no poder vencerlo, presentaron falsos testigos que lo acusaron de blasfemia contra Moisés y contra Dios ante el Sanedrín (Hechos 6:9-13). Aun así, cuando miraron el rostro de Esteban, vieron algo que parecía el rostro de un ángel (Hechos 6:15).
Ante el tribunal, Esteban no se defendió con miedo. Recorrió toda la historia de Israel, desde Abraham hasta Salomón, mostrando cómo el pueblo siempre resistió al Espíritu Santo y ahora hacía lo mismo con el Mesías anunciado por los profetas (Hechos 7:2-53). La respuesta fue furia: los líderes crujieron los dientes contra él (Hechos 7:54).
En el momento más tenso, Esteban levantó los ojos al cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha del Padre (Hechos 7:55-56). La multitud lo arrastró fuera de la ciudad y comenzó a apedrearlo. Mientras las piedras caían, él oraba: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Luego cayó de rodillas y pidió: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hechos 7:59-60).
Entre quienes cuidaban las ropas de los que apedreaban estaba un joven llamado Saulo (Hechos 7:58; 8:1). Años después, aquel mismo Saulo se convertiría en el apóstol Pablo, y es difícil no imaginar que la escena de la muerte de Esteban quedara grabada en su memoria hasta el encuentro con Cristo en el camino a Damasco.
La muerte de Esteban recuerda al lector de hoy que anunciar a Cristo con fidelidad puede costar caro, y que el mismo Espíritu que da valentía para testificar también da gracia para perdonar a quien hace mal. Su última oración se hace eco de la de Jesús en la cruz, prueba de que el Evangelio había transformado verdaderamente su corazón.