Toda obra que vale la pena para Dios atrae burla antes de terminar. Quien ya intentó reparar algo roto, una familia, un barrio, un proyecto de fe, conoce la voz que se burla antes de que se ponga el primer ladrillo. Tobías fue esa voz para Nehemías.
Era un oficial amonita, siervo de la administración de la región al este del Jordán, en el territorio que hoy corresponde a Jordania. Cuando Nehemías llegó a Jerusalén con autorización del rey para reconstruir los muros de la ciudad, Tobías se alió con Sambalat, el horonita, y se disgustó mucho con la noticia (Nehemías 2:10).
El disgusto se convirtió en burla en cuanto las piedras comenzaron a levantarse. Junto a Sambalat, Tobías se mofó: “¡Pues que construyan! ¡En cuanto una zorra trepe por esa muralla de piedras, la derribará!” (Nehemías 4:3). Subestimó la muralla y subestimó al Dios que estaba detrás de ella.
La burla no fue suficiente, y la oposición se convirtió en conspiración. Tobías, Sambalat y otros pueblos vecinos planearon un ataque contra Jerusalén cuando percibieron que las reparaciones avanzaban (Nehemías 4:7,8). Después, intentaron atraer a Nehemías fuera de la ciudad, con la intención de hacerle daño (Nehemías 6:1,2).
Pero el juego más peligroso de Tobías era más lento. Yerno de Secanías y unido por matrimonio a un hijo de Mesulam, mantenía juramentos con muchos nobles de Judá, que intercambiaban cartas con él y llegaban a elogiarlo delante del propio Nehemías (Nehemías 6:17-19). La amenaza ahora venía de dentro.
El golpe final llegó años después. Mientras Nehemías estaba fuera de Jerusalén, el sacerdote Eliasib, pariente de Tobías, le cedió uno de los depósitos sagrados del templo (Nehemías 13:4,5). Al regresar y descubrir lo ocurrido, Nehemías arrojó con sus propias manos todas las pertenencias de Tobías fuera de la habitación (Nehemías 13:8).
La historia de Tobías inquieta porque casi venció, no por la fuerza, sino por el acceso. No logró derribar la muralla por fuera, así que intentó corromper por dentro lo que no pudo detener.
Toda obra de Dios hoy enfrenta esa doble amenaza: la burla de quien duda desde afuera y el compromiso silencioso de quien cede espacio por dentro. Tobías le recuerda al lector que vigilar el corazón y las alianzas es tan necesario como levantar cualquier muralla.