Pocos reformadores intentaron tanto zurcir lo que dividía a la iglesia como Martín Bucero. Hijo de un tonelero humilde de Sélestat, en Alsacia, pasó la vida buscando el acuerdo donde otros solo veían ruptura, entre Lutero y Zwinglio, entre Ginebra y Canterbury, entre Roma y la Reforma.
Nacido en 1491, Bucero entró siendo todavía adolescente a los dominicos. En 1518, en la Disputa de Heidelberg, escuchó a Lutero defender la justificación por la fe y nunca más volvió a ser el mismo: pidió dispensa de los votos monásticos, se casó con la exmonja Elisabeth Silbereisen y llegó refugiado a Estrasburgo en 1523.
En la ciudad se convirtió en el líder natural de la Reforma, pastor de dos parroquias y organizador de la vida eclesiástica local. Su vocación de mediador pronto se hizo evidente: en 1529, en el Coloquio de Marburgo, intentó sin éxito unir a Lutero y Zwinglio en torno a la Cena del Señor.
En 1536 tuvo más éxito: la Concordia de Wittenberg reconcilió a luteranos y reformados de la Alta Alemania. En 1541, en el Coloquio de Ratisbona, llegó a redactar junto con el teólogo católico Johann Gropper un documento de compromiso doctrinal, esfuerzo de unidad que marcaría toda su obra. Ese mismo año de 1541, la peste le quitó la vida a Elisabeth; al año siguiente, Bucero se casó con Wibrandis Rosenblatt, que ya había enviudado de otros dos reformadores y permanecería a su lado hasta el final.
Bucero no siempre acertó. En 1539 aconsejó al príncipe Felipe de Hesse, junto con Lutero y Melanctón, contraer un segundo matrimonio sin disolver el primero, y aceptó que el hecho se mantuviera en secreto. Cuando el acuerdo salió a la luz, el episodio manchó su reputación y la de todos los involucrados.
Años después, presionado por el emperador Carlos V para aceptar el Ínterin de Augsburgo, llegó a firmar el decreto bajo arresto domiciliario, en 1548. Expulsado poco después de Estrasburgo, la ciudad a la que había servido durante cerca de veinticinco años, partió hacia Inglaterra en 1549.
En Cambridge, como profesor regio de teología, dedicó sus últimos años a asesorar a Thomas Cranmer en la reforma litúrgica inglesa. Sus críticas al Libro de Oración Común de 1549 ayudaron a moldear la revisión de 1552, poco antes de su muerte en 1551.
La vida de Bucero recuerda que la búsqueda de la unidad cristiana, aunque imperfecta y a veces comprometida por cálculos políticos, es parte legítima de la vocación de la iglesia. Su ejemplo invita a los cristianos de hoy a dialogar a través de fronteras denominacionales sin renunciar a la verdad.