Todo niño ha escuchado, de algún maestro, que “no tiene aptitud para los estudios”. Es un peso que marca: la sensación de que la comparación con los demás ya decidió quién vas a ser. La historia de Yared comienza exactamente en ese lugar, y termina mostrando que Dios no mide un llamado por el reloj de los hombres.
Yared nació en Axum, en el antiguo reino cristiano de Aksum, el 25 de abril de 505. Perdió a su padre siendo niño y fue enviado a estudiar con el sacerdote Abba Gedeón, pero no lograba memorizar los salmos mientras veía a sus compañeros avanzar.
Según la tradición de la iglesia etíope, un día en el campo observó una pequeña oruga que intentaba subir un tronco. Caía, volvía a empezar, caía otra vez, hasta alcanzar la cima. Yared volvió a los estudios con la misma perseverancia, y su memoria se habría transformado a partir de ese momento.
Ordenado sacerdote en la Iglesia de Nuestra Señora María de Sion, fue llamado a la corte del rey Gebre Meskel, donde compuso los cantos que se convertirían en el Zema, la música sacra etíope, organizada en tres modos tradicionalmente ligados a la Trinidad: ge’ez, ezel y araray.
La tradición atribuye a Yared también la creación del melekket, un sistema de signos para enseñar las melodías de generación en generación, sin depender solo de la memoria de cada maestro de canto. Los estudiosos notan que la forma escrita de ese sistema solo aparece con claridad en manuscritos a partir del siglo XVI, lo que sugiere un largo desarrollo posterior a su época.
La tradición narra además que, cantando ante el rey, Yared entró en tal absorción que no percibió cuando la lanza del soberano hirió su pie. Conmovido, el rey ofreció cualquier recompensa; Yared pidió solo permiso para dejar la corte y vivir en retiro, dedicado a la oración y a la enseñanza.
Se retiró a los Montes Semien, donde formó discípulos y vivió en oración y enseñanza, hasta morir el 20 de mayo de 571, a los 66 años. Las Iglesias Ortodoxas de Etiopía y Eritrea lo veneran como santo, y su canto sigue vivo en la liturgia diaria, quince siglos después.
La vida de Yared recuerda que el don plantado en un alumno considerado “débil” puede convertirse en la voz de toda una iglesia por siglos. Donde otros vieron solo fracaso, un insecto subiendo un tronco enseñó perseverancia, y esa perseverancia sostiene hasta hoy la fe y el culto de un pueblo.