Casi todo el mundo carga la marca de una traición: un amigo que habló a sus espaldas, un socio que desvió dinero, alguien de la propia casa que vendió la confianza por un interés pequeño. El dolor ligado a Judas Iscariote es ese mismo dolor, llevado al extremo, pues él traicionó al propio Hijo de Dios.
Judas era uno de los Doce, escogido por Jesús como los demás, escuchando las mismas enseñanzas y viendo los mismos milagros. El grupo confiaba en él al punto de entregarle la bolsa común, y allí, silenciosamente, él comenzó a servirse de lo que no era suyo.
En Betania, cuando María ungió a Jesús con perfume caro, Judas protestó diciendo que aquello era un desperdicio, como si el problema fueran los pobres. Juan revela el motivo real detrás de la frase bonita: era un ladrón. La hipocresía ya habitaba allí, disfrazada de celo.
Poco después, Judas fue a los jefes de los sacerdotes y negoció la entrega de Jesús por treinta monedas de plata. En la última cena juntos, Jesús anunció la traición sin señalar nombres, y Judas, aun confrontado de cerca, no retrocedió.
En el huerto de Getsemaní, usó el gesto más íntimo de afecto entre amigos, un beso, para identificar a Jesús ante los soldados. Jesús, todavía allí, lo llamó amigo. Después de ver a Jesús condenado, Judas sintió remordimiento, devolvió el dinero y murió por suicidio.
La historia de Judas incomoda porque muestra que la cercanía con Jesús no garantiza un corazón transformado. Él oró junto a él, comió junto a él, caminó junto a él, y aun así guardó un espacio cerrado para que la codicia creciera sin que nadie lo notara.
Por eso también nos alcanza hoy: ningún título, ninguna función en la iglesia, ningún tiempo de convivencia con el evangelio sustituye la entrega real del corazón a Dios. Y aun frente a la peor traición, el plan de Dios en la cruz no fue frustrado, sino cumplido.