Imagina perder a tu esposa por una enfermedad grave, ser herido por opositores y estar a punto de morir envenenado, y aun así seguir predicando con una sonrisa que se haría famosa. Esa fue la vida de Pedro Viret, uno de los reformadores más amados y hoy menos recordados del siglo XVI.
Nacido en 1511 en la pequeña Orbe, en el actual cantón suizo de Vaud, hijo de un sastre, Viret fue enviado a París para estudiar rumbo al sacerdocio. Allí tuvo contacto con ideas reformadas y se convirtió a la fe evangélica siendo aún estudiante.
De vuelta en Orbe, el reformador Guillermo Farel lo convenció de predicar el evangelio. Su primer sermón, en 1531, a los veinte años, causó tal conmoción que los propios padres de Viret se convirtieron poco después.
Predicar le costó caro: en Payerne fue herido por opositores católicos, y en Ginebra sobrevivió a un envenenamiento que le dejó secuelas de salud para el resto de su vida. Aun así, ayudó a Farel a afirmar la Reforma en la ciudad a partir de 1534.
En Lausana, donde fue pastor principal por más de dos décadas, fundó en 1537 la primera academia teológica reformada de lengua francesa. En 1546 perdió a su esposa Elisabeth por tuberculosis, y escribió a un amigo que el Señor le había quitado “la mitad de sí mismo”.
Un conflicto con las autoridades de Berna sobre la autonomía de la iglesia lo llevó al exilio de Lausana en 1559. Se mudó a Ginebra y luego pasó a servir iglesias en Francia, presidiendo en 1563 el sínodo nacional de los reformados en Lyon.
Blanco de un decreto real contra pastores extranjeros, fue expulsado de Francia en 1565 y se refugió en Bearne, por invitación de la reina Juana de Albret. Durante la Tercera Guerra de Religión fue capturado junto con otros pastores y pasó cerca de dos años preso, mientras varios de los ministros presos con él fueron ejecutados.
Viret murió en Orthez, en 1571, camino a otro sínodo. Su manera gentil y didáctica de enseñar la fe reformada, sin renunciar a la firmeza doctrinal, lo hizo conocido como “la sonrisa de la Reforma”, recordatorio de que convicción y mansedumbre pueden ir de la mano.