Pocos himnos consuelan tanto como los de Paul Gerhardt, y pocos himnólogos pagaron un precio tan alto por escribirlos. Pastor luterano alemán, atravesó la peor guerra de la historia europea y sepultó a su esposa y a cuatro hijos, sin dejar nunca de cantar la fidelidad de Dios.
Nacido el 12 de marzo de 1607 en Gräfenhainichen, en Sajonia, Gerhardt quedó huérfano de padre a los 12 años y de madre a los 14. Estudió en el colegio de Grimma y luego teología en la Universidad de Wittenberg, graduándose alrededor de 1642, en plena Guerra de los Treinta Años.
Sin parroquia disponible en medio del conflicto, pasó años como preceptor en Berlín, en casa del abogado Andreas Barthold. Allí conoció al músico Johann Crüger, que musicalizó decenas de sus himnos, y cortejó a Anna Maria, hija de la familia, con quien se casaría en 1655.
Solo en 1651, a los 44 años, se convirtió en pastor en Mittenwalde, cerca de Berlín. Fue allí donde escribió buena parte de sus himnos más amados, entre ellos Befiehl du deine Wege, inspirado en el Salmo 37, y la versión alemana del himno medieval que se convertiría en O Haupt voll Blut und Wunden.
En 1657 se convirtió en predicador en la Nikolaikirche de Berlín, pero en 1666 fue destituido del cargo por negarse a firmar un edicto del príncipe elector que silenciaba las disputas doctrinales entre luteranos y reformados. La ciudad pidió su regreso, pero él no cedió, y pasó más de un año sin sustento fijo.
De los cinco hijos del matrimonio, cuatro murieron siendo pequeños, y en 1668 su esposa Anna Maria falleció tras una larga enfermedad. Gerhardt se trasladó con su único hijo sobreviviente, Paul Friedrich, a Lübben, donde asumió la última parroquia de su vida.
Fue en medio de esa sucesión de pérdidas, no a pesar de ellas, que nacieron versos como Nun ruhen alle Wälder y Geh aus, mein Herz, himnos de consuelo que la Alemania devastada por la guerra cantó por generaciones. Bach usaría estrofas suyas en las Pasiones y en el Oratorio de Navidad.
Gerhardt murió en Lübben el 27 de mayo de 1676. Dejó más de 130 himnos que todavía hoy atraviesan fronteras confesionales, recordando que la fe cristiana puede cantar esperanza precisamente en medio del dolor, sin negarlo.