Hay vidas que solo conocemos por lo que ocurrió antes de ellas: hijos que nacen en medio del dolor de otra persona y, sin hacer nada, se convierten en respuesta a ese dolor. La vida de Obed comienza así.
Nació en Belén, hijo de Booz y de Rut, la moabita que había dejado su tierra y su pueblo para seguir a su suegra Noemí (Rut 4:13). Noemí había perdido a su esposo y a sus dos hijos, y había vuelto a Belén diciendo que el Señor la había dejado vacía (Rut 1:20-21).
Cuando el niño nació, las mujeres de la ciudad no celebraron solo un bebé. Alabaron al Señor, que no había dejado a Noemí sin redentor, el pariente que asumía el cuidado de la familia en la necesidad (Rut 4:14). Noemí tomó al niño en su regazo y comenzó a cuidarlo (Rut 4:16).
Fueron las vecinas, no los padres, quienes eligieron el nombre del niño. Lo llamaron Obed, que significa siervo, y el texto explica por qué: este fue el padre de Isaí, padre de David (Rut 4:17).
Ningún otro episodio de la vida adulta de Obed fue registrado en la Biblia. Creció, tuvo un hijo llamado Isaí y desapareció de las páginas del libro de Rut, dejando solo su nombre en una lista genealógica que termina en David (Rut 4:18-22).
Siglos después, ese mismo nombre reaparece en las genealogías de Jesús, junto a la madre extranjera y al padre redentor que él representaba sin saber jamás su alcance (Mateo 1:5, Lucas 3:32).
La vida de Obed recuerda que Dios no necesita grandes discursos ni hechos visibles para cumplir sus planes. A veces, el eslabón más decisivo de una historia es alguien de quien casi nada se sabe, aparte del hecho de haber nacido, haber sido amado y haber sido fiel a través de generaciones que jamás conocería.