Algunas personas llevan consigo una urgencia que incomoda a todos a su alrededor, pero que también mueve montañas. Guillaume Farel fue así: un predicador de voz estridente y una valentía que rozaba la imprudencia, incapaz de callar ante lo que consideraba un error.
Nacido en 1489 en Gap, al sureste de Francia, se trasladó a París en 1509 y estudió bajo el humanista Jacques Lefèvre d’Étaples, quien lo acercó a las cartas de Pablo. Hacia 1521 abrazó la causa de la Reforma, todavía incipiente en tierras francesas, y rompió definitivamente con Roma en los años siguientes.
Perseguido, huyó a Basilea, Estrasburgo y otras ciudades suizas, predicando con una energía que le granjeaba tantos conversos como enemigos. A lo largo de más de treinta años de ministerio itinerante, fue golpeado, estuvo a punto de ahogarse, fue blanco de un intento de envenenamiento y de un disparo que falló por un accidente en el arma del propio tirador.
Su celo tenía un lado sombrío. En Ginebra, uno de sus sermones antecedió un tumulto que destruyó altares, imágenes y órganos en la catedral de San Pedro en 1535, y en Neuchâtel su reprensión pública a una noble estuvo a punto de provocar un motín en su contra.
En 1530 llevó a Neuchâtel a adoptar oficialmente la Reforma, por una estrecha votación popular, y en 1536 Ginebra hizo lo mismo. Fue allí, en un verano decisivo, donde Farel convenció al joven Juan Calvino, de paso por la ciudad, de quedarse y asumir el trabajo pastoral que él mismo no lograba sostener solo.
Expulsados juntos de Ginebra en 1538 por conflictos con el consejo de la ciudad, Farel se estableció en Neuchâtel como pastor hasta el fin de su vida. A los 69 años, se casó con Marie Torel, una refugiada hugonote de menos de 20 años, cerca de cincuenta años más joven que él. Calvino reprobó abiertamente la unión, calificándola de contraria al orden de la naturaleza, e incluso intentó, sin éxito, obtener su anulación, lo que enfrió por un tiempo la amistad entre los dos reformadores.
La vida de Farel recuerda que el valor para confrontar lo incorrecto no siempre viene acompañado de mansedumbre, y que Dios usa vasijas imperfectas para abrir caminos que otros completan. Sin él, es posible que Calvino jamás se hubiera quedado en Ginebra.
Hoy, cuando un cristiano insiste con un amigo reacio para que no retroceda ante un llamado difícil, resuena, aunque sin saberlo, el gesto audaz de Farel frente a Calvino: la convicción de que ciertas urgencias no pueden esperar circunstancias ideales.