Hay un momento que todo el que alguna vez tuvo un jefe, un padre o un líder admirado ha enfrentado: la hora de decir una verdad que la persona no quiere oír. Estar de acuerdo es fácil, disentir de quien manda cuesta caro. Pocos personajes de la Biblia ilustran este dilema como el profeta Natán.
Aparece por primera vez como consejero de confianza del rey David, aprobando de inmediato el deseo de este de construir un templo para el Señor. Esa misma noche, Dios reveló a Natán otro plan: no sería David quien construiría la casa de Dios, sino Dios quien establecería para siempre el trono de la casa de David (2 Samuel 7:13,16).
Natán tuvo la humildad de volver atrás y contarle a David todo lo que había oído (2 Samuel 7:17). Fue así como la mayor promesa de la historia de Israel, el pacto davídico, llegó al rey por boca de un profeta dispuesto a corregirse.
Años después llegó la prueba más dura. David había tomado a Betsabé y mandado matar a su esposo, Urías, y nadie en el reino se atrevía a tocar el tema. Natán fue ante el rey con una parábola sobre un hombre rico que robó la única cordera de un pobre.
Cuando David se indignó con la injusticia de la historia y exigió justicia, Natán respondió con cuatro palabras que lo cambiaron todo: ¡Tú eres ese hombre! (2 Samuel 12:7). El rey se quebrantó, confesó el pecado, y Natán anunció tanto el perdón de Dios como la disciplina que vendría sobre su casa (2 Samuel 12:13,14).
Más tarde, Natán le dio al hijo nacido de esa unión el nombre de Jedidías, amado del Señor (2 Samuel 12:24,25). En los últimos días de David, actuó de nuevo para garantizar que Salomón, y no Adonías, ocupara el trono (1 Reyes 1:11-14). Sus registros sobre el reinado de David pasaron a la historia de Israel (1 Crónicas 29:29).
La vida de Natán recuerda que Dios habla por medio de quienes tienen el coraje de corregir a quienes aman, aun cuando callar sería más fácil. Recuerda también que ningún poder humano está por encima de la palabra de Dios, ni siquiera el rey más amado de Israel.