Es difícil imaginar lo que se siente cuando alguien con poder sobre la propia vida decide, sin pedir permiso, tomar lo que quiere. Muchas personas alrededor del mundo conocen ese peso por experiencia propia: el peso de no tener voz frente a quien manda.
Betsabé era esposa de Urías, un soldado hitita que servía en el ejército de David. Una tarde, el rey la vio bañándose desde la terraza del palacio y mandó a llamarla (2 Samuel 11:2-4). La invitación de un rey no era fácil de rechazar, y ella quedó embarazada.
David intentó ocultar el pecado haciendo volver a Urías de la guerra, pero el plan falló. Sin otra alternativa que lo protegiera, el rey ordenó la muerte de su propio esposo en batalla (2 Samuel 11:14-17). Después del luto, Betsabé fue llevada al palacio como su mujer (2 Samuel 11:27).
El profeta Natán confrontó a David con una parábola que expuso el crimen delante de toda la corte (2 Samuel 12:1-14). El primer hijo de la pareja murió siendo pequeño, cumpliendo el juicio anunciado por Natán (2 Samuel 12:15-18).
En medio del dolor, Dios no la abandonó: dio a luz a otro hijo, Salomón, a quien el Señor amó (2 Samuel 12:24-25). Años después, ya anciana, se presentó sola ante David para asegurar que se cumpliera la promesa del trono para Salomón, cuando otro hijo del rey intentó tomar el poder por la fuerza (1 Reyes 1:15-21).
La Biblia no disimula esta historia: hubo pecado real, poder usado de manera equivocada y consecuencias que marcaron a toda una familia. Pero tampoco termina en desesperanza. Betsabé está en la genealogía de Jesús (Mateo 1:6), prueba de que ninguna historia es demasiado mala para ser incluida en el plan de Dios.