Hay momentos en la vida en que alguien común, sin cargo, sin ejército, sin nombre conocido, se ve ante una decisión que determinará el destino de mucha gente además de ella. Jael fue una de esas personas, y la Biblia no la deja fuera de la historia solo porque era mujer y extranjera.
Jael era quenita, casada con Héber, de un pueblo nómada descendiente de Hobab, cuñado de Moisés (Jueces 4:11). Vivía en tiendas, lejos de los grandes ejércitos de Israel y de Canaán, hasta que la guerra pasó demasiado cerca de su puerta.
Después de que Barac derrotara al ejército canaaneo en el monte Tabor, Sísera, el general enemigo, huyó a pie y corrió directo a la tienda de Jael (Jueces 4:15-17). Ella salió a su encuentro, le dijo que no temiera, y lo escondió bajo una manta, dándole leche cuando él pidió agua (Jueces 4:18-19).
Sísera confió en ella y se durmió, agotado, pidiéndole que mintiera por él si alguien preguntaba. Fue en ese silencio, con los instrumentos de la propia tienda, una estaca y un mazo, que Jael tomó la decisión más audaz de su vida (Jueces 4:20-21).
Cuando Barac llegó persiguiendo al enemigo, encontró a Sísera muerto, y la victoria que parecía suya ya había sido decidida por una mujer en una tienda (Jueces 4:22). El cántico de Débora después la llamaría bendita entre las mujeres (Jueces 5:24).
La historia de Jael incomoda antes de inspirar, porque su método no encaja en ningún manual de guerra ni de ética fácil. Pero ella muestra algo que la Biblia repite: Dios no espera ejércitos para actuar, usa a quien está disponible, con lo que tenga a mano, en el momento en que se exige valentía.
Tal vez el lector nunca necesite una estaca de tienda, pero seguramente enfrentará el momento en que nadie más decidirá por él. Jael recuerda que ese instante, aunque solitario y atemorizante, puede ser exactamente donde Dios está actuando.