Hay heridas que llevamos desde la infancia sin haberlas elegido: un accidente, una caída, una tragedia que nos marca el cuerpo o el alma. Quien crece así aprende, sin quererlo, a sentirse menos, una carga, alguien que sobra. La historia de Mefiboset comienza exactamente en ese lugar.
Tenía cinco años cuando llegó la noticia: su padre, Jonatán, y su abuelo, el rey Saúl, habían muerto en batalla en Gilboa. En medio de la huida, la nodriza que lo llevaba tropezó, y el niño quedó cojo de ambos pies para el resto de su vida (2 Samuel 4:4).
Creció escondido en Lo Debar, en casa de un hombre llamado Maquir, lejos de la corte, olvidado por la dinastía que cayó con Saúl. Un nieto de rey viviendo como si no existiera.
Años después, ya con el trono consolidado, David preguntó si aún quedaba alguien de la casa de Saúl a quien pudiera mostrar bondad por causa de Jonatán (2 Samuel 9:1). Trajeron a Mefiboset, que se postró temiendo por su propia vida y se llamó a sí mismo «perro muerto» (2 Samuel 9:8).
David no hizo lo que se esperaba de un rey antiguo frente a un posible rival: le devolvió las tierras de Saúl y lo invitó a comer siempre a su mesa, como a uno más de sus propios hijos (2 Samuel 9:7,11).
Esa bondad fue puesta a prueba. Durante la revuelta de Absalón, el siervo Sibá calumnió a Mefiboset ante David, y el rey, apresurado, entregó las tierras a Sibá (2 Samuel 16:3,4). Pero cuando David regresó victorioso, encontró a un hombre con los pies descuidados y la barba sin afeitar desde el día en que el rey había partido, señal de luto genuino, no de traición (2 Samuel 19:24). Mefiboset ni siquiera disputó la tierra de vuelta: le bastaba con que el rey estuviera a salvo (2 Samuel 19:30).
Nadie elige la mesa en la que nace, pero alguien puede invitarte a otra. Mefiboset no hizo nada para merecer el lugar en la mesa de David, lo ganó por causa de un pacto que ni siquiera era suyo: la amistad entre David y Jonatán. Así es como funciona la gracia: un pacto sellado por otra persona nos sienta a la mesa del Rey, marcas y todo.