¿Quién nunca luchó para conseguir algo que sentía merecer, incluso usando medios de los que después se arrepintió? La vida de Jacob comienza exactamente en ese impulso: un hombre dispuesto a casi todo para asegurar la bendición, hasta engañar a su propio padre.
Jacob nació agarrado al talón de su hermano gemelo Esaú, casi anunciando quién sería (Génesis 25:24-26). Todavía joven, compró la primogenitura de Esaú por un plato de lentejas (Génesis 25:29-34) y, más tarde, con la ayuda de su madre Rebeca, engañó a su padre ciego Isaac para robar la bendición de su hermano (Génesis 27:1-29).
Huyendo de la ira de Esaú, Jacob pasó veinte años en la casa de su tío Labán, donde sintió en carne propia el sabor del engaño: trabajó siete años por Raquel y recibió a Lea en su lugar (Génesis 29:15-30). Allí formó una familia grande y dividida, con cuatro madres y doce hijos.
En el camino de vuelta, una noche a la orilla del río Jaboc, un hombre luchó con él hasta el amanecer. Jacob no lo soltó, aunque herido, y recibió un nuevo nombre, Israel, aquel que lucha con Dios (Génesis 32:22-28). Cojo, pero transformado, finalmente se reconcilió con Esaú (Génesis 33:1-11).
Los años siguientes trajeron otro dolor: la pérdida aparente de su hijo José, vendido por sus propios hermanos (Génesis 37:12-28). Décadas después, ya anciano, Jacob descubrió que José estaba vivo y gobernaba en Egipto, y bajó hasta allí con toda su familia (Génesis 45:25-28; 46:1-7).
Jacob murió en Egipto, pero hizo que sus hijos le prometieran sepultarlo en la tierra prometida, junto a sus padres (Génesis 49:29-33; 50:13).
La historia de Jacob incomoda porque es sincera: Dios eligió bendecir a alguien que engañaba, temía y luchaba, no porque aprobara sus métodos, sino porque la alianza dependía de la gracia, no del mérito. Quien se ve tentado a manipular las circunstancias para conseguir lo que quiere encuentra en Jacob un espejo, y en su transformación, una esperanza: Dios no desiste de moldear el carácter de quien, aunque herido, se niega a soltar.