Todo ser humano ha sentido, alguna vez, la necesidad de ser rescatado de algo mayor que sus propias fuerzas. La Biblia responde a esa necesidad con una persona que recibió muchos nombres: Emanuel, Dios con nosotros; Cristo, el Ungido, o Mesías; Hijo de Dios; Hijo del Hombre; Cordero de Dios; el Verbo; Señor. Todos apuntan a la misma persona, Jesús de Nazaret.
Nació en Belén, ciudad ya profetizada siglos antes (Miqueas 5:2), de una joven virgen llamada María, por obra del Espíritu Santo (Lucas 1:35). Creció en Nazaret, aldea pequeña y sin prestigio, como hijo adoptivo del carpintero José.
Alrededor de los treinta años, fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, y el Padre declaró desde los cielos su aprobación sobre el Hijo (Mateo 3:17). Enseguida, enfrentó la tentación en el desierto y resistió donde tantos antes que él habían cedido.
Reunió a doce discípulos y pasó cerca de tres años enseñando sobre el Reino de Dios, sanando enfermos, alimentando multitudes y devolviendo la vida a quienes ya habían muerto. Sus palabras llevaban una autoridad que nadie había visto antes (Marcos 1:27).
La oposición religiosa creció a medida que él confrontaba el formalismo de los líderes y acogía a pecadores en su mesa. En la última semana en Jerusalén, instituyó la Cena con los discípulos, fue traicionado por uno de ellos y entregado a la crucifixión, donde llevó sobre sí el pecado del mundo (1 Pedro 2:24).
Al tercer día, resucitó, demostrando ante testigos que la muerte no tuvo la última palabra (1 Corintios 15:4). Antes de subir al cielo, comisionó a sus seguidores a llevar esa noticia a todas las naciones (Mateo 28:19-20).
La vida de Jesús responde a la pregunta más profunda del corazón humano: ¿existe alguien dispuesto a pagar el precio de nuestra culpa? La cruz muestra que sí, y la tumba vacía muestra que ese alguien venció incluso a la muerte, lo que todavía cambia vidas en todos los pueblos de la tierra.