Pocas personas logran continuar un trabajo durante catorce años sin ver ningún resultado visible. James Gilmour vivió esa prueba en medio del desierto de Gobi, entre un pueblo que apenas conocía su nombre, y no desistió.
Nacido en 1843 cerca de Glasgow, Escocia, se graduó en la Universidad de Glasgow y se convirtió siendo aún joven. Ordenado en 1870 por la Sociedad Misionera de Londres, embarcó para reabrir una misión entre los mongoles, interrumpida décadas antes por otros misioneros.
Se instaló en Pekín, pero pasaba los veranos viajando por las estepas y el desierto, durmiendo en tiendas junto a pastores nómadas. Aprendió la lengua mongola en poco más de un año y vivía con pocos centavos al día.
Sin hospitales ni remedios sofisticados, ofrecía tratamientos sencillos a quienes sufrían enfermedades comunes. Fue así, más que por la predicación directa, como poco a poco conquistó la confianza de un pueblo desconfiado de los extranjeros.
Caminaba a pie para ahorrar el costo de los camellos y llegaba a vestirse como un lama mendicante para acercarse a los mongoles. Ni todos en su propia misión en Pekín apoyaban esa dedicación casi exclusiva a los nómadas, y algunos colegas llegaron a cuestionar si tanta austeridad no estaría minando su propia salud.
En 1874 se casó con Emily Prankard, con quien tuvo tres hijos. En 1885, ella murió, dejando a los niños pequeños; los dos mayores fueron enviados a ser criados por sus abuelos en Escocia, y el menor, Alexander, moriría siendo niño dos años después. Gilmour continuó solo el trabajo, enfrentando períodos de soledad tan intensos que, en cartas y diarios, llegó a registrar momentos de profunda desesperación.
Solo en 1884, después de catorce años sin ningún convertido, un mongol llamado Boyinto confesó la fe en Cristo dentro de una tienda llena de humo. Gilmour describió aquel instante como el más hermoso de toda su vida. Sería, sin embargo, el único convertido mongol que vería en vida.
Murió de tifus en 1891, a los cuarenta y siete años, en Tianjin. Dejó un libro publicado en vida y otros dos reunidos después de su muerte a partir de sus diarios y cartas, que abrieron a Occidente la vida cotidiana y espiritual de los nómadas de Mongolia.
Su historia recuerda que la fidelidad no se mide por el fruto inmediato. Quien hoy sirve en campos difíciles, sin conversiones rápidas, encuentra en Gilmour un ejemplo de perseverancia sostenida por la fe, no por los resultados.