Todo equipo tiene a alguien cuyo trabajo pocos aplauden: quien organiza los números, cuida la logística, sostiene entre bastidores lo que otros hacen a la vista de todos. La Biblia guarda un lugar de honor para ese tipo de fidelidad, y Itamar es uno de sus ejemplos más discretos.
Itamar era el hijo más joven de Aarón y Elisabet, menor que Nadab, Abiú y Eleazar (Éxodo 6:23). El mismo día en que los cuatro hermanos fueron consagrados sacerdotes en el desierto de Sinaí, dos de ellos murieron delante del Señor: Nadab y Abiú ofrecieron fuego extraño en el altar y lo pagaron con la vida (Levítico 10:1,2).
De repente, Itamar y Eleazar se convirtieron en los únicos sacerdotes vivos de la familia, cargando el peso de un error fatal que no era suyo. Poco después, Moisés se enojó con ellos por un detalle de cómo habían tratado la ofrenda por el pecado, y fue Aarón quien explicó el motivo en su lugar (Levítico 10:16-20). Servir bajo sospecha, justo después de perder a dos hermanos, no es tarea fácil.
Aun así, Itamar no desapareció en la sombra de la tragedia. Moisés le confió la supervisión de los registros de todo el material usado en la construcción del tabernáculo, una tarea de números y rendición de cuentas (Éxodo 38:21). Más tarde, pasó a dirigir el servicio de los levitas gersonitas y meraritas en el transporte del tabernáculo por el desierto (Números 4:28,33).
Siglos después, su linaje todavía servía como sacerdote en Israel. En tiempos de David, los descendientes de Itamar formaban ocho de las veinticuatro divisiones sacerdotales elegidas por sorteo para ministrar delante del Señor (1 Crónicas 24:3,4,6).
La vida de Itamar no guarda un milagro, un discurso famoso o un libro con su nombre. Guarda contabilidad, logística y obediencia silenciosa después de una tragedia que él no causó. Dios no mide la fidelidad por el tamaño del escenario: el tabernáculo solo funcionaba porque alguien cuidaba los detalles que nadie veía.
Hoy, el mismo Dios todavía llama a quienes organizan planillas, conducen vehículos, hacen informes y arreglan lo que se rompe entre bastidores de la misión alrededor del mundo. Itamar recuerda que esa fidelidad invisible también es servicio sagrado.