Muchos han sentido alguna vez que la fe parecía algo distante de su vida real, hecha para otro tipo de personas. Billy Sunday nació pobre, pasó por un orfanato y se hizo famoso primero como atleta, antes de convertirse en uno de los predicadores más escuchados de la historia estadounidense.
William Ashley Sunday nació en 1862 cerca de Ames, en el estado de Iowa. Su padre, albañil que se había alistado como soldado en la Guerra Civil, murió de neumonía en un campamento militar pocas semanas después de su nacimiento, y la familia vivió años de pobreza, período en el que Billy pasó por el orfanato de hijos de soldados de Iowa, primero en Glenwood y después en Davenport.
Corredor talentoso y jugador de béisbol, jugó en la liga profesional estadounidense entre 1883 y 1890. En 1886 se vinculó a la Pacific Garden Mission, misión evangélica de Chicago, después de escuchar himnos que le recordaban a su madre. Esa experiencia marcó su conversión al cristianismo evangélico.
Dejó el deporte, trabajó en la YMCA de Chicago y, a partir de 1896, comenzó a predicar en pequeñas ciudades del Medio Oeste. Ordenado pastor presbiteriano en 1903, alcanzó fama nacional con campañas en grandes ciudades como Filadelfia, Boston y Nueva York.
Sus sermones eran teatrales: corría y gesticulaba en el escenario, imitaba jugadas de béisbol y rompía muebles para ilustrar la lucha contra el pecado. Predicó con fuerza contra el consumo de alcohol y ayudó a movilizar el apoyo popular a la Ley Seca, aprobada en 1919.
Su predicación también tuvo lados sombríos: durante la Primera Guerra Mundial usó un lenguaje hostil contra los inmigrantes alemanes, y en la década de 1920 aceptó donaciones de miembros del Ku Klux Klan y se refirió a los mineros en huelga de manera deshumanizante. Sus contemporáneos lo acusaron de lucrar en exceso con las ofrendas de los avivamientos.
En sus últimos años vio menguar al público con la llegada de la radio y el cine, y enfrentó tragedias personales, incluida la muerte de su hija y el suicidio de uno de sus hijos. Murió en 1935, en Chicago, una semana después de predicar su último sermón.
A pesar de sus fallas, Sunday dejó un modelo de evangelismo masivo que influiría en generaciones de predicadores itinerantes. Su énfasis en la decisión personal por Cristo, marcada por el gesto público de «pisar la senda de aserrín», resuena hasta hoy en los llamados a la conversión de las cruzadas evangelísticas alrededor del mundo.