Hay noches en las que la fiesta parece ahogar cualquier amenaza del exterior, como si el bullicio de la celebración pudiera empujar la realidad bien lejos de la mesa. Así vivió Belsasar su última noche como rey, rodeado de vino y de mil invitados, mientras un ejército ya rodeaba los muros de la ciudad.
Belsasar gobernaba Babilonia como sucesor de Nabucodonosor, a quien el texto de Daniel llama su “padre” (Dn 5:11,18), aunque históricamente era hijo de Nabonido; en la época era común usar “padre” también para un antecesor en el trono. Esto no cambia el retrato bíblico: un rey que conocía la historia de grandeza y caída de su predecesor y, aun así, eligió repetir el mismo orgullo.
En la noche en que Babilonia estaba cercada por el ejército medo-persa, Belsasar dio un banquete para mil de sus nobles. En el punto más alto de la fiesta, mandó traer los utensilios de oro y plata que Nabucodonosor había tomado del templo de Jerusalén, para que todos bebieran de ellos, y brindó a los dioses de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra (Daniel 5:1-4).
En ese mismo instante surgió una mano que escribió palabras extrañas en la pared del salón. El rostro del rey palideció y sus rodillas se doblaron de miedo (Daniel 5:5-6). Ningún sabio de Babilonia logró leer o explicar la escritura, hasta que la reina le recordó al rey a Daniel, el profeta hebreo que ya había interpretado sueños para Nabucodonosor (Daniel 5:7-12).
Delante del rey, Daniel no suavizó el mensaje: Belsasar conocía la historia de su predecesor y, aun así, no se humilló; se exaltó contra el Señor de los cielos al profanar los utensilios sagrados en su fiesta (Daniel 5:18-23). La sentencia llegaba en tres palabras: Mene, los días de su reinado estaban contados; Tequel, había sido pesado en la balanza y hallado falto; Peres, su reino sería dividido y entregado a los medos y a los persas (Daniel 5:25-28).
Esa misma noche Belsasar fue asesinado y Babilonia cayó (Daniel 5:30).
La vida de Belsasar recuerda que ningún título o herencia protege a quien se niega a tomar en cuenta a Dios. Tenía delante de sí el ejemplo de su propio predecesor y, aun así, brindó con los utensilios del templo como si el Señor pudiera ser ignorado. La pregunta que la historia deja para el lector no es sobre reyes antiguos, sino sobre el propio corazón hoy: ¿qué encontraría en él la balanza de Dios?