Sardis fue, durante siglos, una de las ciudades más ricas y poderosas de Asia Menor. Capital del antiguo reino de Lidia, alcanzó fama bajo el rey Creso, famoso por su riqueza y por la acuñación de las primeras monedas de oro y plata de la historia.
Levantada sobre una meseta escarpada, era considerada casi inexpugnable. Aun así, cayó dos veces por ataques sorpresa: ante los persas de Ciro, en 546 a. C., y más tarde ante el rey seléucida Antíoco III. Un fuerte terremoto volvió a destruirla en el año 17 d. C., y fue reconstruida con ayuda del Imperio Romano.
En el Nuevo Testamento, Sardis es una de las siete iglesias de Asia mencionadas en Apocalipsis. Cristo dicta a Juan una carta severa a esa iglesia: tenía fama de estar viva, pero estaba espiritualmente muerta.
La advertencia se hace eco de la propia historia de la ciudad: una fortaleza que parecía segura, pero fue tomada por sorpresa porque nadie vigilaba. Cristo llama a la iglesia a despertar, arrepentirse y permanecer firme, prometiendo vestiduras blancas y el libro de la vida a los que venzan.
