Ofra era una pequeña ciudad del clan de los abiezritas, en el territorio de la tribu de Manasés, al norte de Israel.
Allí estaba la propiedad de Joás, padre de Gedeón, con una encina a su sombra y un altar dedicado a Baal, el dios cananeo de la fertilidad.
Fue debajo de esa encina que el ángel del Señor se apareció a Gedeón, un hombre que se escondía de los madianitas, y lo llamó “guerrero valiente”, convocándolo para librar al pueblo de Israel. Allí mismo, Gedeón construyó un altar al Señor, llamado El Señor es Paz.
Esa misma noche, por orden de Dios, Gedeón derribó el altar de Baal que pertenecía a su padre y, en su lugar, levantó otro altar al Señor, ofreciendo un novillo en holocausto.
Años después, sin embargo, el propio Gedeón hizo un efod de oro en Ofra, que Israel pasó a adorar como ídolo, convirtiéndose en una trampa para él y su familia.
Fue también en Ofra donde Gedeón fue sepultado, y más tarde su hijo Abimélec volvió al mismo lugar para matar a sus hermanos e intentar hacerse rey.
Ofra revela cómo un mismo lugar puede ser testigo tanto de la fidelidad libertadora de Dios como de la fragilidad humana ante el éxito y el poder.
