Endor era una pequeña población situada en el valle de Jezreel, entre el monte Tabor y la colina de More, en el norte de la tierra prometida.
La ciudad quedó dentro de la herencia atribuida a la tribu de Manasés, aunque estaba rodeada por tierras de Isacar y Aser. Los cananeos siguieron viviendo allí incluso después de la conquista liderada por Josué.
Siglos después, un salmista recordó Endor como el lugar donde Sísara y Jabín murieron derrotados, una señal del poder de Dios contra los enemigos de Israel.
Pero es por otro episodio que Endor se hizo más conocida. Allí vivía una mujer que practicaba necromancia, algo expresamente prohibido por la ley de Dios.
En la víspera de la batalla contra los filisteos en el monte Gilboa, el rey Saúl se disfrazó y fue de noche hasta esa mujer, pidiéndole que invocara el espíritu del profeta Samuel.
El espíritu confirmó la sentencia que Saúl ya temía: el reino le sería arrebatado y entregado a David, y él moriría al día siguiente junto con sus hijos.
La historia de Endor es una advertencia solemne. Muestra lo que sucede cuando alguien busca respuestas fuera de la voluntad de Dios, después de años de desobediencia.
