Cades Barnea fue un oasis en el límite entre el desierto de Parán y el desierto de Zin, en la frontera sur de la tierra prometida. Allí Israel levantó el mayor campamento de todo el trayecto por el desierto, permaneciendo en la región durante buena parte de los cuarenta años de peregrinación.
Fue desde Cades que Moisés envió a doce hombres a espiar Canaán. Diez volvieron con un informe de temor, y solo Josué y Caleb confiaron en la promesa de Dios. El pueblo eligió la incredulidad, y allí mismo recibió la sentencia de vagar cuarenta años por el desierto hasta que aquella generación muriera.
Años después, ya cerca del fin de la peregrinación, Israel volvió a acampar en Cades. Allí murió Miriam, hermana de Moisés. Allí también Moisés, irritado con el pueblo, golpeó la roca en lugar de solo hablarle, y por eso se le impidió entrar en la tierra que tanto deseaba ver.
Cades Barnea guarda, por lo tanto, dos lecciones contrarias: la incredulidad que cierra la puerta de la promesa y la ira que cuesta caro incluso a los mayores líderes. Pero también revela a un Dios que sigue siendo fiel a pesar de la caída de su pueblo, dando agua de la roca y conduciendo a la nueva generación hasta la tierra prometida.
