Basán era una región fértil al este del río Jordán y del mar de Galilea, que se extendía hasta las laderas del monte Hermón.
Desde la Antigüedad, la tierra era famosa por sus robles altos, sus pastizales verdes y su ganado fuerte, imágenes que los poetas bíblicos usarían más tarde.
Allí reinaba Og, el último sobreviviente de los refaítas, un pueblo de gigantes. Cuando Israel avanzaba hacia la tierra prometida, Og salió con todo su ejército para enfrentarlos en Edrei, pero fue derrotado por completo, junto con sus hijos y su pueblo.
Moisés entregó todo Basán, las sesenta ciudades del antiguo reino de Og, a la media tribu de Manasés. Jair, uno de sus descendientes, conquistó la región de Argob y dio su propio nombre a los poblados, por eso Basán también fue llamada Havot Jair.
Siglos después, profetas y salmistas usaron Basán como figura del lenguaje: toros fuertes, vacas bien alimentadas, robles altivos, todo para hablar de la fuerza y el orgullo humano ante Dios.
La región finalmente cayó ante Hazael, rey de Aram, y su pueblo fue llevado al exilio por los asirios. La historia de Basán recuerda que ningún gigante, ninguna fuerza y ningún orgullo resisten a la voluntad del Señor.
