Asiria fue uno de los mayores imperios del mundo antiguo, con su centro en el norte de Mesopotamia, a orillas del río Tigris, donde hoy se encuentra el norte de Irak. Según Génesis, fue allí donde se levantaron algunas de las primeras grandes ciudades de la humanidad.
Su capital más conocida, Nínive, fue el destino de la misión del profeta Jonás. A lo largo de los siglos, el imperio creció hasta convertirse en la mayor potencia militar del Cercano Oriente antiguo.
Fue esa potencia la que destruyó el Reino del Norte de Israel en el 722 a. C. y deportó a buena parte de las diez tribus a tierras asirias, un exilio del cual ese pueblo nunca más regresó como nación organizada.
Los profetas de Israel veían en esto la mano de Dios: Asiria era el instrumento de su disciplina contra un pueblo infiel. Pero el mismo Dios que la usó también prometió juzgarla por su crueldad y su orgullo, promesa cumplida cuando el imperio cayó, casi un siglo después.
