Pocos libros de la Biblia sorprenden tanto como Jonás. En pocas páginas, muestra a un profeta que huye de Dios y a una ciudad pagana que se arrepiente ante la predicación más corta de la Biblia.
Jonás recibe una orden clara: ir a Nínive, la gran ciudad enemiga de Israel, y anunciar el juicio de Dios contra su maldad. En vez de obedecer, se embarca hacia el lado opuesto del mundo conocido.
La huida no escapa del Señor. Una tempestad violenta, un lanzamiento al mar y un gran pez se convierten en los instrumentos que Dios usa para traer a Jonás de vuelta al camino.
Dentro del pez, el profeta ora. Su oración recuerda los Salmos: reconoce la angustia, pero también confía en que la salvación viene del Señor.
Cuando finalmente predica en Nínive, el resultado sorprende. Desde el rey hasta el pueblo más sencillo, toda la ciudad se humilla, ayuna y se vuelve a Dios.
Dios se compadece y no destruye Nínive. Pero en vez de alegría, Jonás siente ira. Prefería ver al enemigo castigado que verlo perdonado.
Con una planta, un gusano y un viento cálido, Dios enseña una última lección al profeta. Si Jonás tiene lástima de una planta, ¿por qué Dios no tendría lástima de una ciudad entera?
El libro termina con esa pregunta, sin respuesta de Jonás. Es el lector quien debe responder si comparte la compasión de Dios por quien considera enemigo.
Lea Jonás y descubra a un Dios que persigue al profeta reticente con la misma paciencia con que persigue a las naciones. Su misericordia es mayor que cualquier frontera.