El apóstol Juan escribió esta carta ya en edad avanzada, como un pastor que ama profundamente a los hijos que engendró en la fe. Es la primera de tres cartas que llevan su nombre en el Nuevo Testamento.
Desde las primeras líneas, retoma el lenguaje de su evangelio. Habla de aquel que existía desde el principio, que él mismo vio, oyó y tocó con sus propias manos: la Palabra de vida.
El gran tema de la carta es la comunión. Comunión con el Padre, con el Hijo y entre los hermanos en la fe.
Para vivir esa comunión, es necesario andar en la luz y confesar los pecados. Dios es fiel para perdonar a quien se acerca a él con sinceridad, y Jesucristo intercede por los que fallan.
Juan también advierte contra falsos maestros que negaban que Jesucristo había venido verdaderamente en carne. Para el apóstol, esa negación revela un espíritu contrario a Cristo, por lo que es necesario probar toda enseñanza antes de aceptarla.
El amor recibe un lugar especial en la carta. Juan afirma, de forma directa, que Dios es amor, y que quien ama de verdad da prueba de haber nacido de Dios.
Ese amor no se queda solo en palabras. Juan pide que se manifieste en actos concretos entre los hermanos, del mismo modo que Dios nos amó primero.
La carta también trae una palabra de certeza. Juan escribe para que todo el que cree en el Hijo de Dios sepa, sin duda, que ya tiene la vida eterna.
Detrás de las pruebas de amar, obedecer y creer en la verdad está la invitación a una fe sencilla delante de Dios. Vale la pena leer 1 Juan con atención y dejar que sus palabras examinen el corazón.