Israel vive un punto de inflexión. Después de siglos gobernada por jueces, la nación está a punto de recibir a sus primeros reyes. Primero Samuel narra esta transición decisiva en la historia del pueblo de Dios.
Todo comienza con una mujer estéril llamada Ana, que llora delante del Señor en el santuario de Silo. Dios responde a su oración con el nacimiento de Samuel, dedicado al servicio del santuario desde niño.
Samuel crece y se convierte en profeta, sacerdote y el último juez de Israel. Es por medio de él que el Señor conduce al pueblo en un momento de grandes cambios espirituales y políticos.
Presionado por el pueblo, que desea un rey como las demás naciones, Dios concede a Saúl, un hombre de estatura impresionante, pero de corazón inestable. Sus victorias iniciales pronto dan lugar a la desobediencia.
Cuando Saúl es rechazado, el Señor envía a Samuel a Belén para ungir a David, el más joven entre los hijos de Isaí. Allí queda claro una de las enseñanzas centrales del libro: el Señor no ve como ve el hombre, él mira el corazón.
A partir de entonces, el libro sigue la rivalidad entre Saúl y David. Uno teme perder el trono, el otro espera el tiempo de Dios con paciencia, aun perseguido por el desierto.
En medio de la tensión, brilla la amistad leal de Jonatán por David. Un retrato poco común de lealtad, aunque eso signifique renunciar al derecho al trono.
Primero Samuel termina con la caída trágica de Saúl en el monte Gilboa, pero ya apunta hacia el amanecer del reinado de David, el rey conforme al corazón de Dios.
A lo largo de sus páginas, el libro invita al lector a confiar en que Dios gobierna la historia, aun cuando los reyes humanos fallan. Vale la pena conocer esta historia de cerca.