Habacuc es un profeta diferente. Él no lleva un mensaje de Dios al pueblo: lleva las preguntas del pueblo directo a Dios.
El libro comienza con una queja valiente. Habacuc ve violencia, injusticia y corrupción dentro de su propio pueblo, y pregunta hasta cuándo el Señor va a permanecer en silencio ante esto.
La respuesta de Dios sorprende al profeta. Él va a usar a los babilonios, un imperio aún más cruel, para juzgar a Judá. Esto plantea una pregunta aún más difícil: ¿cómo puede un Dios santo usar a un pueblo tan impío?
En vez de exigir explicaciones, Habacuc elige esperar. Se coloca como centinela en el muro, dispuesto a escuchar lo que Dios tiene que decir, aunque no entienda todo.
La respuesta llega en forma de visión. Dios promete juzgar también a los babilonios, y declara una verdad que atravesaría los siglos: el justo vivirá por su fe. Esa frase sería citada tres veces en el Nuevo Testamento, en el corazón del evangelio de la gracia.
El libro termina en oración. Habacuc recuerda las grandes obras de Dios en la historia, y pide que actúe de nuevo con misericordia en medio del juicio.
La escena final es una de las más bellas confesiones de fe de la Biblia. Aun sin cosecha, sin rebaño y sin motivo aparente para la alegría, el profeta declara que va a exultar en el Señor.
Habacuc enseña que la fe verdadera no elimina las preguntas difíciles. Ella aprende a confiar en Dios aunque las respuestas se demoren y el camino parezca incierto.
Que la lectura de este pequeño gran libro te ayude a llevar tus propias dudas a Dios, y a descubrir la misma alegría que sostuvo al profeta.