Toda iglesia, todo equipo, toda familia tiene a alguien así: la persona a la que nadie aplaude, pero que aparece justo cuando las cosas se complican, resuelve el conflicto, ordena lo que estaba suelto y luego sigue adelante sin exigir reconocimiento. Tito era ese tipo de hombre, y la Biblia guarda su nombre menos en discursos que en cartas de trasfondo.
Tito era griego, un gentil convertido, y por eso se convirtió en una prueba viva del evangelio de la gracia. Cuando Pablo lo llevó a Jerusalén para discutir si los gentiles debían circuncidarse para pertenecer a la iglesia, algunos falsos hermanos presionaron para que Tito fuera obligado. Pablo no cedió, y Tito permaneció sin circuncidar, prueba de que la salvación viene por la fe, no por la ley (Gálatas 2:3-5).
Años después, Pablo confió a Tito una misión incómoda: la iglesia de Corinto vivía en crisis, resentida por una carta severa que el apóstol había escrito. Pablo quedó tan inquieto por la respuesta que no tuvo descanso en Troas y salió al encuentro de Tito en Macedonia (2 Corintios 2:12-13).
El reencuentro trajo alivio: Tito llegó con buenas noticias, la iglesia se había arrepentido y aún sentía nostalgia de Pablo (2 Corintios 7:6-7). También le correspondió a Tito completar la colecta de ofrendas que los corintios habían prometido para los cristianos pobres de Jerusalén, tarea de confianza que exigía cuidado con el dinero ajeno (2 Corintios 8:6,16-17).
Más tarde, Pablo dejó a Tito en la isla de Creta con una tarea difícil: poner en orden iglesias nuevas, corregir lo que faltaba y nombrar ancianos en cada ciudad (Tito 1:5). Cerca del final de la vida de Pablo, Tito ya estaba en camino a Dalmacia, todavía en servicio (2 Timoteo 4:10).
Tito nunca escribió un libro de la Biblia, no protagonizó un milagro, no tuvo un discurso famoso registrado. Su marca fue la confiabilidad silenciosa: siempre en el lugar correcto, resolviendo lo que había que resolver.
Dios no llama solo a los que suben al escenario. Llama también a los que restauran relaciones rotas, cuidan los recursos con honestidad y aparecen cuando la crisis pide a alguien de confianza, y es ese tipo de fidelidad discreta lo que sostiene a la iglesia hasta hoy.