La Gran Comisión es el mandato de Jesús de que sus seguidores hagan discípulos de todas las naciones. Un discípulo es alguien que confía en Cristo, aprende de él y comienza a vivir según sus enseñanzas. Esta misión incluye anunciar el evangelio, la buena noticia de la salvación por medio de la muerte y la resurrección de Jesús, bautizar a quienes creen y enseñarles a obedecer al Señor.
El pasaje más conocido de este mandato se encuentra en Mateo 28:18-20, después de la resurrección. Jesús reúne a sus discípulos y les encomienda una tarea que traspasa fronteras. La misión nace de su autoridad y se sostiene en la promesa de su presencia, no en la capacidad ni en el prestigio de quienes la llevan a cabo.
Un mandato del Señor resucitado
En Mateo 28:16-20, los once discípulos van a un monte en Galilea, siguiendo las indicaciones de Jesús. Lo adoran, aunque el relato también señala que algunos dudan. En este encuentro, marcado por la realidad de la resurrección y la fragilidad humana, Jesús declara que ha recibido toda autoridad en el cielo y en la tierra.
Esta declaración explica por qué sus seguidores pueden ir. La misión no depende de conquistar poder político, imponer costumbres o demostrar superioridad cultural. Quien los envía es el Señor resucitado. Sus discípulos son mensajeros que anuncian lo que él hizo y enseñan lo que él mandó, sin ocupar el lugar que le corresponde a Cristo.
“Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Mateo 28:19
Hacer discípulos abarca toda la vida
El centro del mandato es hacer discípulos. Anunciar el evangelio es indispensable, pero la tarea incluye acompañar a las personas para que conozcan a Jesús y aprendan a seguirlo. Una decisión inicial no pone fin a ese camino. La enseñanza, la vida en comunidad en la iglesia y la obediencia cotidiana forman parte de una vida que sigue siendo transformada por la palabra de Cristo.
El bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo expresa públicamente la identificación con Cristo y la incorporación a la comunidad de sus seguidores. Las iglesias evangélicas difieren en algunos aspectos de su práctica. Aun así, reconocen que Jesús ordenó el bautismo y que este forma parte de la vida de quienes lo siguen.
Jesús también manda enseñar a los discípulos a obedecer todo lo que él ordenó, en Mateo 28:20. Esto va más allá de transmitir información bíblica: implica aprender a amar al prójimo, perdonar, decir la verdad y servir. La obediencia no compra la salvación. Es fruto de la gracia de Dios, su favor que no podemos merecer y que recibimos por la fe, como explica Efesios 2:8-10.
La misión abarca todas las naciones
En la Gran Comisión, las naciones no deben entenderse únicamente como los países que aparecen en los mapas actuales. El mandato alcanza a los pueblos, con sus lenguas, historias y formas de vida. Así, una iglesia puede estar presente en un país mientras algunas comunidades de ese mismo territorio siguen sin tener acceso al evangelio en una forma que puedan comprender.
Este alcance mundial ya aparece en la promesa de Dios a Abraham: por medio de él, todos los pueblos de la tierra serían bendecidos, según Génesis 12:3. La Gran Comisión forma parte de ese propósito de bendición. En Apocalipsis 7:9-10, la visión de una multitud de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas delante de Dios muestra la amplitud de la salvación anunciada en Cristo.
Llevar el evangelio a otro pueblo exige aprender a escuchar y a comunicarse con claridad. Seguir a Jesús no exige abandonar la propia lengua ni adoptar todas las costumbres del misionero. El mensaje de Cristo llama a personas de cualquier cultura al arrepentimiento, es decir, a abandonar el pecado y volverse a Dios, y a la fe en el Salvador.
Una misión sostenida por la presencia de Jesús
El mandato termina con la promesa de Jesús de estar con sus discípulos hasta el fin del mundo, en Mateo 28:20. Puesto que la promesa se extiende hasta el fin del mundo, la misión no terminó con los primeros discípulos. La iglesia de hoy participa en la misma tarea, recibiendo y transmitiendo la enseñanza de Cristo.
En Hechos 1:8, Jesús vincula el testimonio de sus seguidores con el poder del Espíritu Santo y señala que llegará hasta los confines de la tierra. La dependencia de Dios acompaña el anuncio, la enseñanza y el servicio. No todos los cristianos realizarán el mismo trabajo, pero toda la comunidad puede participar al dar testimonio, orar, contribuir y cuidar de quienes son enviados.
Orar por las naciones forma parte de la misión
Los pueblos no alcanzados son grupos étnicos cuya comunidad cristiana local, cuando existe, todavía es demasiado pequeña para llevar el evangelio a todo su pueblo sin ayuda externa. Orar por ellos es pedir que personas concretas puedan oír hablar de Jesús en una lengua que comprendan. Esto incluye pedir por la traducción de las Escrituras, la formación de cristianos locales e iglesias capaces de enseñar y cuidar de las personas.
Una forma concreta de empezar es elegir un pueblo y conocer su lengua, sus necesidades y las dificultades que enfrenta para acceder al evangelio. En Mateo 9:37-38, Jesús indica a sus discípulos que pidan al Señor que envíe trabajadores a su cosecha. Esta oración también nos dispone a servir: acoger a personas de otros orígenes, apoyar a quienes son enviados y compartir la esperanza en Cristo con respeto.
